Hace unos días me vi en una situación que me ha dado que pensar.
Volvía de un viaje con otras dos personas, eran alrededor de las once de la noche y me llevaron en su coche hasta la puerta de mi casa.
Al entrar en la calle vimos, junto a un portal cercano al mío, a un muchacho que daba muestras de encontrarse en mal estado. Nos llamó a todos la atención la forma en que se inclinaba hacia delante y se incorporaba a duras penas. Algo que llevaba en la mano, un paquete, un bolso u otro objeto similar, acabó cayendo al suelo en uno de sus bamboleos. Aunque la inclinación de su cabeza y la penumbra de las farolas no nos dejaban ver su cara, la opinión general fue que estaba ebrio o drogado.
Mi primera intención fue acercarme a él y averiguar qué le pasaba; pero mis acompañantes me lo impidieron, posiblemente con más y mejor juicio que yo, advirtiéndome que el sujeto en cuestión podía reaccionar mal ante mi presencia, incluso agredirme. En su estado no parecía muy responsable de sus actos y optamos por llamar al teléfono de emergencias para avisar del suceso.
Justo cuando me disponía a marcar el 112 apareció en escena una vecina del barrio que iba a tirar la basura. Vive en mi calle desde hace más tiempo que yo y conoce a mucha gente, así que le preguntamos si sabía quién era el muchacho o su familia con la intención de avisarles si es que vivían cerca. La mujer le observo desde donde nos encontrábamos y no le reconoció.
Al grupo de mis acompañantes, la vecina y yo, se unió un tercer vecino que casualmente pasaba por allí. Le preguntamos también, esperando que supiera de quién se trataba, y después de mirarle un par de veces, dijo que "le parecía" reconocer al hijo de una familia que vive cerca y que era un indeseable que "pasaba en la cárcel más tiempo que fuera de ella".
Las opiniones se dispararon entonces. Éramos pocos, pero cada uno pensaba de manera diferente sobre lo que había que hacer; y mientras, el chico seguía tambaleándose, unas veces apoyado en la pared y otras inclinándose peligrosamente hasta casi caer al suelo.
Entre tanto yo había marcado ya el teléfono de emergencias. Me pidieron una serie de datos y mientras contestaba a sus preguntas (nombre de la calle, altura a la que estábamos, estado en el que se encontraba y sexo del individuo) escuchaba la conversación que mantenían los otros:
-Seguro que está drogado, -decía uno- le está bien empleado todo lo que le pase.
-Con el frío que hace, este amanece "tieso". No le podemos dejar así.
-Total -decía otro- de lo que va a servir. Mañana está igual o peor.
-¡Qué pena de juventud!
No habrían pasado más de cinco minutos cuando escuchamos una sirena que se acercaba. La curiosidad me empujaba a quedarme hasta que llegaran auxilios, pero todos insistieron en que, una vez denunciado el hecho, lo mejor era irse cada uno a su casa, y así lo hicimos. Para mi tranquilidad, justo cuando cerraba la puerta de mi portal vi parar un coche de policía delante del lugar donde habíamos dejado al muchacho; y luego, desde una ventana de mi casa, una ambulancia que paró al lado del coche de policía y enseguida salió a toda velocidad.
Afortunadamente vivo en un barrio con bastante buen índice de seguridad ciudadana, y aunque no me sorprenden hechos así, no es habitual que se produzcan estos sucesos. Conozco sólo de vista a la mayoría de vecinos de mi calle, por lo que no puedo opinar qué clase de personas son, ni tampoco he vuelto a saber nada del chico "indispuesto"; pero el incidente me ha hecho reflexionar mucho estos días sobre las consecuencias de nuestras acciones.
Los animales no tienen conciencia de lo bueno y lo malo. Eso es patrimonio de los humanos y, en compensación por tan pesada carga, tenemos la ventaja de poder expresarlo. Por esta sencilla razón no me arrepiento en absoluto de haber intervenido y estoy completamente segura de haber hecho lo correcto, pero... ¿Con quién?
Me he hecho y respondido varias veces esa pregunta y las respuestas que me doy dejan un poso de incertidumbre.
Posiblemente sólo era alguien que había tomado unas copas de más, o puede ser que haya salvado a un adolescente a punto del coma etílico de morir a consecuencia del frío; pero también cabe la posibilidad de que fuera un delincuente sin escrúpulos que se había pasado de la "raya" y mañana apuñale a alguien en la puerta de un cajero automático. En cualquiera de los casos no soy responsable de lo que haga con su vida a partir del momento en que se le llevó la ambulancia. No sé que ha sido de él y probablemente nunca lo sabré, pero de lo que sí estoy convencida es de que en la vida todo tiene una causa y una consecuencia; y el chico y yo estábamos en ese lugar y en ese momento por alguna razón. La mía podría ser evitar una desgracia y la del chico hacerme reflexionar sobre el dilema del bien y del mal.
martes, 27 de noviembre de 2007
sábado, 24 de noviembre de 2007
UN CIELO A MEDIDA
Todos hemos imaginado el Cielo alguna vez. Con la frase "es como estar en el cielo" describimos un estado de bienestar que varía según el gusto de cada cual, pero que siempre se refiere a una situación o lugar maravilloso.
Hace poco escuché un cuento de Coellho que hablaba del cielo. Era algo así:
"En medio de una tormenta, un hombre iba por un camino con su perro y su caballo cuando un rayo los alcanzó y los mató. Sin percatarse de lo sucedido los tres siguieron caminando durante horas, hasta que se sintieron cansados y sedientos.
De pronto encontraron una mansión, en cuya puerta vieron sentado a un muchacho de aspecto agradable. El hombre se acercó a él y le dijo:
-¿Qué lugar es este?
-El Cielo -respondió el muchacho
-Estamos cansados y sedientos. ¿Podrías darnos agua y dejarnos descansar a la sombra?
El muchacho respondió:
-Todo está a tu disposición. Dentro hay una fresca arboleda y una fuente de aguas cristalinas. Pasa y bebe cuanto quieras, pero los animales no pueden entrar.
-Pero ellos están cansados y sedientos. Morirán si los abandono.
-¿Qué más te da? -dijo el muchacho- No son más que un perro y un caballo.
El hombre pensó un momento y le contestó:
Gracias pero no me quedo. Mis compañeros también necesitan beber y descansar, así que seguiremos el camino.
Continuaron la marcha y cuando estaban a punto de desfallecer encontraron una choza. Un anciano con aspecto de mendigo estaba sentado junto a la puerta. Se dirigieron a él y el hombre le preguntó:
-¿Podrías darnos un poco de agua y dejarnos descansar aquí?
El anciano les invitó a pasar diciendo:
-Entrad. Dentro tengo una mesa dispuesta para que sacies tu hambre y tu sed y un jardín hermoso donde tu caballo puede pastar y tu perro corretear cuanto quiera.
El hombre, agradecido, le preguntó de nuevo:
-¿Qué lugar es este?
-El Cielo.
El hombre, sorprendido, dijo:
-No puede ser. Ya hemos visto el Cielo y era una gran mansión.
-No, -respondió el anciano- Eso era el Infierno. Allí sólo pueden entrar los hombres que no saben apreciar a sus amigos y los abandonan cuando más les necesitan. Tu has preferido morir de hambre y sed antes de abandonar a tu perro y a tu caballo, así que pasad y quedaos todo el tiempo que queráis."
Si hay un cielo así, también tendrá que tener bordillos en los jardines. A Epi no le gustaba pisar la hierba porque se le enredaba en las patitas. También habrá cestitos por todas partes para que duerma en ellos cuando le apetezca.
jueves, 22 de noviembre de 2007
BUSCAR LA RAZÓN
Así, con esa exigencia. Como si La Razón fuera algo tangible, que se pudiera encontrar y comprender; como si hubiera alguien que pudiera responder a la pregunta
¿Qué es La Razón?
Si en realidad buscaras "una" razón podrías encaminar tus pasos en alguna dirección concreta y probar suerte. Pero no. Tú quieres encontrar La Razón, que es, como si dijéramos, la Madre de todas las razones; y por eso no la encuentras.
No es fácil que halles "esa" razón así como así porque seguramente no es única. A lo mejor no existe como tal, sino que es el compendio de muchas y variadas razones que llevan a una. ¿Complicado, no?Lo es. Tanto, que mejor no entrar en jardines laberínticos de los que nadie sale indemne. Sin embargo, todo pasa por alguna razón.
Ahora la razón se ha convertido en causa y ya se puede matizar un poco más la pregunta: ¿Por qué razón?
Por ejemplo: Alguien va circulando por una carretera sin arcén cuando su vehículo sufre una avería y se para. Con la inercia de la marcha consigue avanzar unos metros y se queda estacionado en la salida de una curva. Sabe que está en un lugar peligroso donde nadie verá su coche averiado hasta que no esté encima, así que decide señalizar cuanto antes su posición.
Se coloca el chaleco reflectante y mira por el retrovisor. No ve a nadie y abre la puerta para bajar y colocar los triángulos de aviso. En ese momento otro conductor toma la curva y embiste la puerta del coche. Su velocidad era la permitida por la ley y gracias a eso no hay desgracias personales. Afortunadamente el primer conductor todavía no había salido y no sufre mayor daño que un formidable susto. El segundo conductor tampoco está herido, pero los vehículos tienen destrozos importantes.
Una vez pasados los primeros momentos de caos comienzan a discutir sobre quien es culpable del accidente, y cada uno de los conductores esgrime razones poderosas que le asisten:
El primero cree que el segundo ha causado el accidente por no haber reducido la marcha cuando ha visto un coche parado en la carretera. El segundo acusa al primero de estacionar su vehículo en un lugar sin visibilidad.
Mientras discuten, alguien que circula en sentido contrario ve el accidente y avisa a la policía. Cuando llegan los agentes se encuentran a los dos conductores discutiendo acaloradamente sobre quién tiene la razón y quién la culpa. Están a punto de llegar a las manos, y mientras discuten no se han dado cuenta de que un tercer vehículo puede aparecer y embestirlos a ambos.
Por encontrar una razón no ven la causa. Ambos están seguros de que son inocentes, de que la culpa es del otro; pero ninguno de los dos ha pensado en las circunstancias que han motivado el accidente.
En ese momento, el primer conductor no recuerda que hace tiempo notó que su coche daba sospechosos tirones cada vez que intentaba cambiar de marcha. Entonces pensó que algo no iba bien, pero supuso que se trataba de alguna impureza en el carburador que se eliminaría por sí sola. ¿Es culpa suya que el coche se haya parado justo en ese momento?
El segundo cree que con no haber sobrepasado los límites de velocidad era suficiente. No calculó el riesgo de que, al circular por una carretera sin arcén y llena de curvas, podría encontrarse con un obstáculo imprevisto en el camino. ¿Cómo iba a pensar que alguien pararía justo en la salida de una curva?
En realidad no ha pasado nada irreparable. Sólo golpes de chapa, que una vez arreglados no dejarán secuelas en las personas. Como mucho algún chirrido en los vehículos que ni siguiera se escuchará una vez que los pongan en marcha. Si ambos conductores se escuchan mutuamente se darán cuenta de que han habido causas imprevistas por las dos partes, que aparentemente, si no escarban demasiado en su interior, ambos son inocentes, víctimas de las circunstancias. Luego, cuando hagan examen de conciencia, los dos comprenderán, aunque nunca lo reconozcan en público, que de haber puesto más atención en "ciertos" detalles sin importancia, el accidente podría haberse evitado. En cualquier caso, si obran con un mínimo de cordura, no será más que una anécdota en su vida.
Si por el contrario se empecinan en litigar, acabarán delante de un juez que tendrá que dictar sentencia. Y ya se sabe... Maldición: "Pleitos tengas y los ganes".
No quisiera ser yo el juez encargado de este pleito. El sentido común me obligaría a atenerme a la Ley estrictamente, aunque la sentencia no fuera justa para alguno de los litigantes.
En cualquier caso, aún no habiendo culpables ni inocentes, ambos tendrían que pagar las costas del juicio, y todo por empeñarse en encontrar una razón.
¿Qué es La Razón?
Si en realidad buscaras "una" razón podrías encaminar tus pasos en alguna dirección concreta y probar suerte. Pero no. Tú quieres encontrar La Razón, que es, como si dijéramos, la Madre de todas las razones; y por eso no la encuentras.
No es fácil que halles "esa" razón así como así porque seguramente no es única. A lo mejor no existe como tal, sino que es el compendio de muchas y variadas razones que llevan a una. ¿Complicado, no?Lo es. Tanto, que mejor no entrar en jardines laberínticos de los que nadie sale indemne. Sin embargo, todo pasa por alguna razón.
Ahora la razón se ha convertido en causa y ya se puede matizar un poco más la pregunta: ¿Por qué razón?
Por ejemplo: Alguien va circulando por una carretera sin arcén cuando su vehículo sufre una avería y se para. Con la inercia de la marcha consigue avanzar unos metros y se queda estacionado en la salida de una curva. Sabe que está en un lugar peligroso donde nadie verá su coche averiado hasta que no esté encima, así que decide señalizar cuanto antes su posición.
Se coloca el chaleco reflectante y mira por el retrovisor. No ve a nadie y abre la puerta para bajar y colocar los triángulos de aviso. En ese momento otro conductor toma la curva y embiste la puerta del coche. Su velocidad era la permitida por la ley y gracias a eso no hay desgracias personales. Afortunadamente el primer conductor todavía no había salido y no sufre mayor daño que un formidable susto. El segundo conductor tampoco está herido, pero los vehículos tienen destrozos importantes.
Una vez pasados los primeros momentos de caos comienzan a discutir sobre quien es culpable del accidente, y cada uno de los conductores esgrime razones poderosas que le asisten:
El primero cree que el segundo ha causado el accidente por no haber reducido la marcha cuando ha visto un coche parado en la carretera. El segundo acusa al primero de estacionar su vehículo en un lugar sin visibilidad.
Mientras discuten, alguien que circula en sentido contrario ve el accidente y avisa a la policía. Cuando llegan los agentes se encuentran a los dos conductores discutiendo acaloradamente sobre quién tiene la razón y quién la culpa. Están a punto de llegar a las manos, y mientras discuten no se han dado cuenta de que un tercer vehículo puede aparecer y embestirlos a ambos.
Por encontrar una razón no ven la causa. Ambos están seguros de que son inocentes, de que la culpa es del otro; pero ninguno de los dos ha pensado en las circunstancias que han motivado el accidente.
En ese momento, el primer conductor no recuerda que hace tiempo notó que su coche daba sospechosos tirones cada vez que intentaba cambiar de marcha. Entonces pensó que algo no iba bien, pero supuso que se trataba de alguna impureza en el carburador que se eliminaría por sí sola. ¿Es culpa suya que el coche se haya parado justo en ese momento?
El segundo cree que con no haber sobrepasado los límites de velocidad era suficiente. No calculó el riesgo de que, al circular por una carretera sin arcén y llena de curvas, podría encontrarse con un obstáculo imprevisto en el camino. ¿Cómo iba a pensar que alguien pararía justo en la salida de una curva?
En realidad no ha pasado nada irreparable. Sólo golpes de chapa, que una vez arreglados no dejarán secuelas en las personas. Como mucho algún chirrido en los vehículos que ni siguiera se escuchará una vez que los pongan en marcha. Si ambos conductores se escuchan mutuamente se darán cuenta de que han habido causas imprevistas por las dos partes, que aparentemente, si no escarban demasiado en su interior, ambos son inocentes, víctimas de las circunstancias. Luego, cuando hagan examen de conciencia, los dos comprenderán, aunque nunca lo reconozcan en público, que de haber puesto más atención en "ciertos" detalles sin importancia, el accidente podría haberse evitado. En cualquier caso, si obran con un mínimo de cordura, no será más que una anécdota en su vida.
Si por el contrario se empecinan en litigar, acabarán delante de un juez que tendrá que dictar sentencia. Y ya se sabe... Maldición: "Pleitos tengas y los ganes".
No quisiera ser yo el juez encargado de este pleito. El sentido común me obligaría a atenerme a la Ley estrictamente, aunque la sentencia no fuera justa para alguno de los litigantes.
En cualquier caso, aún no habiendo culpables ni inocentes, ambos tendrían que pagar las costas del juicio, y todo por empeñarse en encontrar una razón.
martes, 20 de noviembre de 2007
¿POR QUÉ "EL MIRAMELINDO"?
Me gusta escribir por escribir, sin otro objetivo que plasmar ideas, contar historias y cuando el estado de ánimo lo permite, hacer poesías. Por eso no me preocupa si es bueno o malo. Lo hago por afición, y cuando alguien lo lee, si le gusta me alegro y si no, como la intención es buena, no me avergüenz
a.
Ese es el motivo de que empiece este blog contando la historia del origen de su nombre.
Por mi afición a cultivar plantas mi casa está llena de macetas, jardineras o cualquier otro tipo de recipiente donde puedan vivir; incluso alguna vez he recogido un ejemplar maltrecho del contenedor de la basura y lo he mimado hasta conseguir "resucitarle". El hermoso jazmín que perfuma mi dormitorio desde la ventana es un buen ejemplo.
Hace poco, cuando cambiaban por "fin de temporada" los parterres de "alegrías" de los parques, cargué con todas las plantas desechadas que pude y las rescaté de la muerte por congelación. No es de mis plantas preferidas, pero ahora me alegro de haberlo hecho porque están preciosas y mi casa se ha llenado de flores malvas, naranjas y rojas.
Un día me desperté con la palabra "miramelindo" dando vueltas en mi cabeza. Me acordaba de ella constantemente y no conseguía saber por qué. Sé que es el nombre de una flor. ¿Pero de cuál?
Tengo libros de consulta, así que busqué en ellos la dichosa planta. ¡Inútil! No aparecía por ninguna parte, pero la palabra seguía yendo y viniendo a mi mente hasta convertirse en algo obsesivo.
Ya que mi infancia y juventud transcurrieron en una casa con jardín, empecé a hacer ejercicios de memoria, tratando de ubicar esas flores en mis recuerdos. Seguramente por esa razón empecé a relacionarlas con la merienda a base de pan, aceite y azúcar, el patio del colegio, las tardes de verano... He recordado escenas que dormían en mi mente desde hace mucho tiempo, personas y lugares que dejaron de existir, pero que estaban ahí, esperando el momento de volver... Como los miramelindos.
Me molestaba tanto no encontrarlas que busqué ayuda. Tecleé en Internet y... ¡Eureka! Apareció una foto, y con ella el recuerdo de una entrañable anciana cordobesa que conocí en mi niñez. Cocinaba a la luz de un candil en una habitación separada de la casa para no "ensusiar" la cocina que siempre estaba "limpia como la plata", y tenía un patio lleno de macetas. Allí no se podía jugar al balón para no "tronchar los miramelindos".
Curiosamente, este nombre es uno de los muchos por el que se conoce "Impatiens sp.", también llamada "Cristalina", "Hierba de Santa Catalina" "María" y... "Alegría", las plantas que rescaté del frío cuando cambiaron los parterres de los parques.
Ahora creo saber por qué ha regresado de entre mis recuerdos. Mi casa está llena de ellas; y ya que todo esto ha sucedido cuando me disponía a iniciar este blog ¿Qué mejor nombre podría ponerle?
Hasta otra.
Ese es el motivo de que empiece este blog contando la historia del origen de su nombre.
Por mi afición a cultivar plantas mi casa está llena de macetas, jardineras o cualquier otro tipo de recipiente donde puedan vivir; incluso alguna vez he recogido un ejemplar maltrecho del contenedor de la basura y lo he mimado hasta conseguir "resucitarle". El hermoso jazmín que perfuma mi dormitorio desde la ventana es un buen ejemplo.
Hace poco, cuando cambiaban por "fin de temporada" los parterres de "alegrías" de los parques, cargué con todas las plantas desechadas que pude y las rescaté de la muerte por congelación. No es de mis plantas preferidas, pero ahora me alegro de haberlo hecho porque están preciosas y mi casa se ha llenado de flores malvas, naranjas y rojas.
Un día me desperté con la palabra "miramelindo" dando vueltas en mi cabeza. Me acordaba de ella constantemente y no conseguía saber por qué. Sé que es el nombre de una flor. ¿Pero de cuál?
Tengo libros de consulta, así que busqué en ellos la dichosa planta. ¡Inútil! No aparecía por ninguna parte, pero la palabra seguía yendo y viniendo a mi mente hasta convertirse en algo obsesivo.
Ya que mi infancia y juventud transcurrieron en una casa con jardín, empecé a hacer ejercicios de memoria, tratando de ubicar esas flores en mis recuerdos. Seguramente por esa razón empecé a relacionarlas con la merienda a base de pan, aceite y azúcar, el patio del colegio, las tardes de verano... He recordado escenas que dormían en mi mente desde hace mucho tiempo, personas y lugares que dejaron de existir, pero que estaban ahí, esperando el momento de volver... Como los miramelindos.
Me molestaba tanto no encontrarlas que busqué ayuda. Tecleé en Internet y... ¡Eureka! Apareció una foto, y con ella el recuerdo de una entrañable anciana cordobesa que conocí en mi niñez. Cocinaba a la luz de un candil en una habitación separada de la casa para no "ensusiar" la cocina que siempre estaba "limpia como la plata", y tenía un patio lleno de macetas. Allí no se podía jugar al balón para no "tronchar los miramelindos".
Curiosamente, este nombre es uno de los muchos por el que se conoce "Impatiens sp.", también llamada "Cristalina", "Hierba de Santa Catalina" "María" y... "Alegría", las plantas que rescaté del frío cuando cambiaron los parterres de los parques.
Ahora creo saber por qué ha regresado de entre mis recuerdos. Mi casa está llena de ellas; y ya que todo esto ha sucedido cuando me disponía a iniciar este blog ¿Qué mejor nombre podría ponerle?
Hasta otra.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)