martes, 27 de noviembre de 2007

EL DILEMA DEL BIEN Y DEL MAL

Hace unos días me vi en una situación que me ha dado que pensar.
Volvía de un viaje con otras dos personas, eran alrededor de las once de la noche y me llevaron en su coche hasta la puerta de mi casa.
Al entrar en la calle vimos, junto a un portal cercano al mío, a un muchacho que daba muestras de encontrarse en mal estado. Nos llamó a todos la atención la forma en que se inclinaba hacia delante y se incorporaba a duras penas. Algo que llevaba en la mano, un paquete, un bolso u otro objeto similar, acabó cayendo al suelo en uno de sus bamboleos. Aunque la inclinación de su cabeza y la penumbra de las farolas no nos dejaban ver su cara, la opinión general fue que estaba ebrio o drogado.
Mi primera intención fue acercarme a él y averiguar qué le pasaba; pero mis acompañantes me lo impidieron, posiblemente con más y mejor juicio que yo, advirtiéndome que el sujeto en cuestión podía reaccionar mal ante mi presencia, incluso agredirme. En su estado no parecía muy responsable de sus actos y optamos por llamar al teléfono de emergencias para avisar del suceso.
Justo cuando me disponía a marcar el 112 apareció en escena una vecina del barrio que iba a tirar la basura. Vive en mi calle desde hace más tiempo que yo y conoce a mucha gente, así que le preguntamos si sabía quién era el muchacho o su familia con la intención de avisarles si es que vivían cerca. La mujer le observo desde donde nos encontrábamos y no le reconoció.
Al grupo de mis acompañantes, la vecina y yo, se unió un tercer vecino que casualmente pasaba por allí. Le preguntamos también, esperando que supiera de quién se trataba, y después de mirarle un par de veces, dijo que "le parecía" reconocer al hijo de una familia que vive cerca y que era un indeseable que "pasaba en la cárcel más tiempo que fuera de ella".
Las opiniones se dispararon entonces. Éramos pocos, pero cada uno pensaba de manera diferente sobre lo que había que hacer; y mientras, el chico seguía tambaleándose, unas veces apoyado en la pared y otras inclinándose peligrosamente hasta casi caer al suelo.
Entre tanto yo había marcado ya el teléfono de emergencias. Me pidieron una serie de datos y mientras contestaba a sus preguntas (nombre de la calle, altura a la que estábamos, estado en el que se encontraba y sexo del individuo) escuchaba la conversación que mantenían los otros:
-Seguro que está drogado, -decía uno- le está bien empleado todo lo que le pase.
-Con el frío que hace, este amanece "tieso". No le podemos dejar así.
-Total -decía otro- de lo que va a servir. Mañana está igual o peor.
-¡Qué pena de juventud!
No habrían pasado más de cinco minutos cuando escuchamos una sirena que se acercaba. La curiosidad me empujaba a quedarme hasta que llegaran auxilios, pero todos insistieron en que, una vez denunciado el hecho, lo mejor era irse cada uno a su casa, y así lo hicimos. Para mi tranquilidad, justo cuando cerraba la puerta de mi portal vi parar un coche de policía delante del lugar donde habíamos dejado al muchacho; y luego, desde una ventana de mi casa, una ambulancia que paró al lado del coche de policía y enseguida salió a toda velocidad.
Afortunadamente vivo en un barrio con bastante buen índice de seguridad ciudadana, y aunque no me sorprenden hechos así, no es habitual que se produzcan estos sucesos. Conozco sólo de vista a la mayoría de vecinos de mi calle, por lo que no puedo opinar qué clase de personas son, ni tampoco he vuelto a saber nada del chico "indispuesto"; pero el incidente me ha hecho reflexionar mucho estos días sobre las consecuencias de nuestras acciones.
Los animales no tienen conciencia de lo bueno y lo malo. Eso es patrimonio de los humanos y, en compensación por tan pesada carga, tenemos la ventaja de poder expresarlo. Por esta sencilla razón no me arrepiento en absoluto de haber intervenido y estoy completamente segura de haber hecho lo correcto, pero... ¿Con quién?
Me he hecho y respondido varias veces esa pregunta y las respuestas que me doy dejan un poso de incertidumbre.
Posiblemente sólo era alguien que había tomado unas copas de más, o puede ser que haya salvado a un adolescente a punto del coma etílico de morir a consecuencia del frío; pero también cabe la posibilidad de que fuera un delincuente sin escrúpulos que se había pasado de la "raya" y mañana apuñale a alguien en la puerta de un cajero automático. En cualquiera de los casos no soy responsable de lo que haga con su vida a partir del momento en que se le llevó la ambulancia. No sé que ha sido de él y probablemente nunca lo sabré, pero de lo que sí estoy convencida es de que en la vida todo tiene una causa y una consecuencia; y el chico y yo estábamos en ese lugar y en ese momento por alguna razón. La mía podría ser evitar una desgracia y la del chico hacerme reflexionar sobre el dilema del bien y del mal.

1 comentario:

bermu dijo...

Sin duda, hiciste bien.

Quizá, en el peor de los casos fuese un "delincuente sin escrúpulos" (si es que esto existe), pero que alguien le ayude lo mismo le hace ver las cosas de otra forma.

Yo, personalmente, prefiero no entrar a juzgar...simplemente trato de actuar bien sin tener en cuenta quién es quién. Aunque se estuviese muriendo el mismísimo Aznar...creo que lo mejor sería ayudarle. Con esto lo digo todo xD

Bonito blog.

:)