Érase una vez que había unas ovejas viviendo en un campo triste y gris, guiadas por un pastor déspota que dictaba a su antojo las normas del rebaño. Como ovejas que eran no se atrevían a discutir las decisiones del pastor, ya que si alguna lo hacía era enviada al matadero sin contemplaciones.
Un día murió el pastor, y el gran rebaño se dividió en varios, unos más grandes y otros más pequeños. Entonces aparecieron muchos pastores para elegir y cada oveja escogió el rebaño que más le gustaba. Todas, más o menos, se convirtieron en el sustento de su conductores, que para eso eran ovejas.
Entre los pastores había una gran rivalidad, porque cuantas más ovejas tenía un rebaño más poderoso era su pastor, y eso le daba derecho a dictar normas para otros rebaños. Como su poder dependía de las ovejas que les siguieran, cada pastor ofrecía ventajas a cual más atractivas, y ninguno perdía oportunidad de poner al descubierto cualquier cosa que restara ovejas a los demás. Así, las ovejas, aún a riesgo de equivocarse en la elección, cambiaban de rebaño según la oferta que les hicieran, y el poder de los pastores pasaba de unos a otros.
Cierto día apareció un pastor que poseía un rebaño procedente de una antigua herencia. No era muy numeroso, pero sus ovejas parecían bien alimentadas y balaban a todas horas, haciéndose notar.
Cada día el pastor las miraba a los ojos, las llamaba a cada una por su nombre y les contaba las ventajas de seguirle a él. Mientras que las ovejas de otros pastores sufrían hambre y sed, él les ofrecía vastas extensiones de hierba verde y arroyos cristalinos; y no las ciénagas malolientes donde bebían las otras. Las ovejas balaban aquellas promesas a los cuatro vientos, y cada vez más miembros de los demás rebaños se unían a ellas con la esperanza de participar en cuanto les habían oído balar.
El pastor, a base de repetirlo una y otra vez, consiguió hacerse con ovejas suficientes y se convirtió en el jefe de todos los rebaños. Desde entonces dejó de mirar a los ojos de las ovejas. Ya eran bastantes y no podía acordarse de los nombres de todas. Lo único que le interesaba era el número de individuos que le seguían, y tenía un sistema para hacer que aumentaran.
Desplegó frente al rebaño un hermoso cartel que representaba verdes prados, árboles que proporcionaban refrescante sombra y limpios manantiales. Las ovejas se paraban delante de aquella imagen hipnotizadas, y cada vez se les unían más. Un día el pastor miró a su alrededor y comprobó que en su rebaño estaban la mayoría de las ovejas.
Se creyó entonces tan poderoso que se confió descuidándolas; y a pesar de que los otros pastores le advertían del enorme riesgo que corría, condujo al rebaño hacia un terreno peligroso. A las ovejas no les gustaba caminar por allí, y muchas se hicieron las remolonas protestando por la decisión del pastor; pero al final acabaron siguiéndole, que para eso eran ovejas.
Cada vez que se desataba una tormenta y el rayo mataba a alguna de ellas, el pastor las tranquilizaba, diciéndoles que lucharía contra el rayo; y cada vez que se encontraban un hoyo en el suelo, él lo tapaba con paja para que las ovejas no lo vieran mientras les mostraba el hermoso cartel. La mayoría de las ovejas siguieron pastando tranquilas, sin preocuparse de que cada vez escaseaba más la hierba a su alrededor, mirando extasiadas el reclamo que tenían ante ellas. Aunque el sol abrasaba sus lomos y el pasto estaba cada vez más inaccesible, a pesar de que cada vez era más difícil encontrar una sombra donde refugiarse, el recuerdo de las ciénagas pantanosas en que bebieron cuando estaban en otros rebaños no les dejaba ver la mentira que tenían ante sí.
Creyendo que era muy fácil manejarlas el pastor empezó a tratar a las ovejas como si fueran estúpidas; incluso ideó una forma divertida de contarlas: En lugar de numerar las cabezas mandaba a sus gañanes que contaran las patas y las dividieran entre cuatro. Por supuesto, siempre le daban el número esperado de ovejas que poseía. Había tantas subyugadas por el hermoso cartel que nunca se preocuparon de oveja más o menos. El pastor decía entonces: “el rebaño va bien”, y todos los gañanes le jaleaban repitiéndolo a coro.
Hasta que un día pasó algo inesperado.
Una mañana al levantarse, encontró que su rebaño estaba muy inquieto. Había un considerable número de ovejas muertas y muchas, más de mil, presentaban graves heridas. El rebaño, asustado, balaba cada vez más fuerte, y él pastor, sin hacer caso de sus gritos, les prometió que lucharía contra el rayo que había hecho aquel destrozo.
Pero el terror se había apoderado de ellas y no hubo manera de que se quedaran absortas delante del hermoso cartel de los verdes prados. Estaba tan salpicado de sangre de las ovejas muertas y heridas que empezó a cundir el pánico. Las huellas de un lobo se veían por todas partes y las ovejas comenzaron a sospechar que aquella carnicería no podía ser obra sólo de un rayo.
El pastor, en un intento desesperado, trató de borrar las huellas de la terrible fiera, pero había conducido al rebaño por un monte escarpado y pedregoso, y la paja con que intentaba ocultar las marcas del lobo resbalaba de las piedras, dejando el rastro del depredador cada vez más al descubierto. El pastor, entre tanto, seguía amenazando a gritos a la tormenta, a pesar de que el rebaño ya no creía que un rayo pudiera haber acabado con tantas ovejas.
Casi todas huyeron despavoridas. Abandonaron al pastor y buscaron a otro, pidiéndole a gritos que las sacara de aquel terreno peligroso. Muchas regresaron a sus antiguos rebaños, con la esperanza de que ya no pastaran entre ciénagas pantanosas. Las ovejas comprendieron que otra vez se habían equivocado eligiendo pastor y consintiendo que les guiara por aquel camino, así que eligieron a un nuevo jefe entre los pastores esperando que les librara del lobo feroz.
El pastor mentiroso vio como su rebaño quedaba diezmado y se quedó sentado en lo alto de una piedra, observando a las ovejas que todavía quedaban allí. Seguían balando confiadas, seguían creyendo en él, así que decidió que no tenía que arrepentirse de lo que había hecho. Reunió a sus desconsolados gañanes y les dijo:
Y así lo hicieron, confiados en que sólo se trataba de ovejas a las que les sería fácil engañar.
sábado, 15 de diciembre de 2007
METÁFORA
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