domingo, 30 de diciembre de 2007

ENTRE UN BUEY Y UNA MULA DIOS HA NACIDO, Y EN UN POBRE PESEBRE LE HAN RECOGIDO (Villancico popular)

De pequeños nos enseñaron que un dogma de fe es un hecho indiscutible que no se ha podido ni se podrá demostrar por la ciencia, por lo tanto también estaría fuera de la lógica y del razonamiento humano.
Así creíamos en el Cielo, lugar donde gozaríamos eternamente, y el Infierno donde ardían para siempre las almas en pecado. Ni que decir del Purgatorio, terrible y similar al Infierno, donde nos aseguraron que permanecerían las almas de los muertos hasta que expiaran todas sus faltas antes de poder entrar en el Cielo; y también en el Limbo, donde iban las almas de los niños que habían muerto con el pecado original sin haber sido redimidos por el bautismo.
Todavía, cada vez que visito un cementerio recuerdo con íntimo resentimiento los entierros anónimos, por no decir secretos, en una cajita de cartón o madera, nunca un ataúd, de los niños que morían al nacer. Se hacían junto a la tapia del cementerio porque, al no estar bautizados, sus restos no podían reposar en tierra sagrada; pero aunque nunca pude presenciar uno, sabía donde estaban porque cada año, por la fiesta de Todos los Santos, veía algunas mujeres llorosas depositar un ramito de flores apoyado en la pared.
A la pregunta infantil de por qué "tiraban" las flores allí donde no había lápidas, siempre se recibía la misma respuesta, en voz baja, como si fuera vergonzante: Son para los que están en el Limbo de los Justos.
Como todos sabíamos por el Catecismo, por entonces de estudio obligatorio, que el Limbo de los Justos era un lugar carente de bien y de mal, o sea de todo, donde iban los inocentes sin bautizar, una no podía dejar de compadecerse de esas pobres madres imaginando a sus hijitos recién nacidos abandonados hasta el fin de los tiempos en un sitio tan inhóspito.
La clase de Religión consistía en recitar las definiciones del Catecismo, haciendo las correspondientes pausas en los signos de puntuación, y en las raras ocasiones en que alguna alumna (entonces no había colegios mixtos) se atrevía a formular una pregunta, la cuestión era siempre la misma: "¿Por qué esto, por qué lo otro? Y la respuesta del sacerdote, profesor o monja de turno también: "Eso es un misterio". Lo del misterio era incuestionable y ante semejante respuesta no cabía nada más que el silencio respetuoso o el Amen. Luego no se extrañe nadie de que en nuestras mentes de niñas mal informadas, situación peor que la ausencia de información, se fraguasen pensamientos que ahora nos hacen sonreír, pero entonces eran verdaderamente perturbadores.
Recuerdo como especialmente anecdótica una pregunta que se suscitó en torno a la virginidad de María. Sabíamos que la virginidad era un tesoro, pero no sabíamos que era y mucho menos como se perdía, así que la pregunta del millón era: "¿Cómo saber si eres virgen o no lo eres?
Naturalmente, a edades entre siete y nueve años en la década de los cincuenta este era un tema de conversación tabú delante de los adultos, porque sospechábamos que la respuesta era el mayor de los misterios y la pregunta un pecado digno de hacernos arder en las llamas del Infierno para siempre jamás; así que se hablaba de "eso" a escondidas y sólo con amigas y compañeras de fidelidad acreditada para evitar el chivatazo que pudiera comprometernos. Pues bien, en una de esas conversaciones prohibidas, una de las alumnas más "informadas" nos aseguró que se sabía que ya no eras virgen porque te crecían mucho las tetas y te salía leche por ellas.
La explicación era creíble, y puesto que a nuestra edad ya era bastante pecaminosa la palabra "tetas" en lugar de pecho, que era lo que las madres daban a los niños, y también sabíamos por simple deducción que los hijos llegaban cuando las mujeres se casaban con sus novios, ante tal revelación empezamos a sospechar que había algo turbio e inconfesable en el asunto de la virginidad, porque conocíamos a muchas alumnas más mayores pero naturalmente solteras, con pechos bastante abultados como para suponer que habían perdido “el tesoro”, aunque ninguna se atrevió nunca a preguntar si les salía leche.
Las mirábamos a hurtadillas, con malicia, y cuchicheábamos en el patio del recreo conjurándonos para no revelar que conocíamos el secreto ni en confesión ni bajo amenaza de martirio; hasta que un día se desmontó la teoría cuando una listilla dijo que eso no podía ser, porque si la Virgen María era virgen ¿cómo iba a alimentar al Niño Jesús sin tetas ni leche?
No recuerdo exactamente como llegué a descubrir el error en que vivíamos con respecto a la conservación o pérdida de la virginidad, pero si que durante bastante tiempo argumentamos a escondidas sobre ello, con el misterio sin resolver de la virginidad de María como tema estrella.
Luego estaban los otros dogmas, como el hecho de que, de no ser santo súbito, inevitablemente habría que pasar por el Purgatorio. Existía una fórmula de prepago, que consistía en rezar mucho por la salvación del alma propia y procurar estar siempre con ella recién lavada y bien planchada con los sacramentos por si acaso, pero en la mente infantil de los años 1950/60, la idea de que los fallecidos de la familia estuvieran achicharrándose en ese lugar, del que podrían salir antes de lo previsto gracias a jaculatorias a tutiplén, misas y sacrificios hechos por los vivos para redimir los pecados que les quedaban pendientes, era una carga excesivamente pesada. Difícil decisión la de rezar por ellos o por salvarse una misma de la quema.
Cuando encontrabas o recibías la estampita de un santo en cuyo reverso había una jaculatoria impresa seguida de la frase "tantoscientos" de días de indulgencia plenaria, era inevitable repetirla como un loro las veces que fueras capaz (hasta que cualquier cosa te distraía), calculando mentalmente si habrías conseguido librar de la tortura a algún querido difunto. Lo más desconcertante de todo era cuando moría alguien y te decían que se había ido al Cielo, sabiendo como todos sabíamos que para eso había que ser santo en los altares, que no era el caso del finado.
La Semana Santa era lo peor. Aprovechando la Pasión de Cristo, se recibía información detallada de los martirios padecidos por los santos con tal lujo de detalles, que recuerdo pesadillas horribles causadas por la idea de morir descuartizada a manos de crueles sayones para poder entrar en el Cielo por la puerta grande, o pasarte una buena temporada dorándote vuelta y vuelta en el Purgatorio. Menos mal que ese miedo se podía "ofrecer" como sacrificio por las almas en pena, o al menos eso me aseguró el confesor en más de una ocasión en que le revelé mis temores.
Lo mejor era la Navidad. Se sacaban las figuritas de barro y se montaba un nacimiento donde todo era amoroso y tierno, aunque para no perder el son siempre te recordaban el frío y la desolación del Portal, donde se espolvoreaba harina para constatar que había caído una nevada alpina; pero estaban María y José sonrientes mientras que, para nuestro alivio, la mula y el buey calentaban al Niño con su aliento. ¡Y menos mal que estaban ellos! Porque al pobrecito sólo le tapaba un pañalito minúsculo. Ni el Ángel que cantaba “Hosanna en el Cielo", ni los pastorcillos cubiertos de pieles, ni nadie, se ocupaba de darle calor. Sólo la mula y el buey.
Algunas de estas creencias, pocas para mi gusto, se han desmontado con el paso de los años, y para nuestra fortuna el Cielo y el Infierno ahora son estados anímicos, que no físicos; y lo mejor de todo, ha desaparecido del mapa de la fe el injusto Limbo de los Justos; pero cuando me he enterado de que Benedicto XVI ha sustituido el establo de Belén por la casa de un carpintero…
Ni mula, ni buey, ni pastorcillos ni estrellas, porque es una filfa sacada de los evangelios apócrifos, que dicen que no son los buenos. Resulta que San Francisco de Asís, que fue a quien se le ocurrió una idea tan bella allá por la edad Media, escenificó mal el Nacimiento de Greccio, y a lo peor, para desgracia de belenistas, artesanos y vendedores de los puestos navideños, allí no había animales; así que ya podemos olvidarnos de las ovejas y cabras, el burro del aguador, los patos del río de papel de plata, el perro del "viejo de las gachas", el gato de la lavandera y los peces del pescador, porque eso no sale en La Biblia ¡Vamos, que no es científico!
Intentando averiguar que hay de cierto en que Su Santidad ha ordenado suprimir las figuras de animales en el Portal, busco la noticia y encuentro un enlace que me lleva a la homilía de Navidad con fotografía incluida. El Papa habla de la humildad de La Sagrada Familia, de la pobreza en el mundo de hoy, en el que estamos tan apretados que no dejamos sitio para Dios. Habla del cielo como un lugar que no está en el espacio infinito, sino en el corazón de los hombres de buena voluntad. Habla de justicia social, de la destrucción de la naturaleza, del reparto equitativo de la riqueza... Habla vestido de sedas bordadas, sentado en un trono dorado y rodeado del calor de los fieles. En la plaza de San Pedro hay un “Belén” sin animales bajo un árbol de Navidad de veintidós metros traído expresamente de los Alpes italianos.
Afortunadamente lo de las figuritas de animales en el nacimiento no es dogma de fe, así que entro en una página de la Asociación de Belenistas y contemplo con sumo placer las fotos de esas obras en las que se escenifican pueblos con más o menos rigor pero con un arte que no se puede aguantar.
En el portal que sirve de establo a la posada, Jesús sonríe y agita sus manitas al aire. No parece tener ni pizca de frío, se le ve feliz y calentito al Niño desnudo. María tampoco parece preocupada porque agarre una pulmonía y a José, que es un excelente carpintero, se le ilumina la cara de satisfacción por el arreglo que ha hecho de un pesebre para convertirlo en cuna. Todo está bien, la calefacción sigue siendo el vaho que sueltan la mula y el buey, que no contamina ni se carga la capa de ozono, los pastores se acercan respetuosos mientras el rebaño pasta en los montes de corcho, por donde también camina el aguador con dos cántaros de agua en las alforjas de su burro, seguido de una campesina que lleva un hermoso pavo sujeto por las patas. Abajo, en el valle, el río transcurre tranquilo, porque hay una pata con su ristra de patitos que nadan confiados; y en una peña de la orilla, el pescador recoge el sedal de cuyo anzuelo cuelga un pez de plata. Mas abajo, la lavandera, de rodillas, mete la ropa en el agua mientras que el gato se restriega contra su falda; y al fondo, en la majada de musgo, salta el perrillo de un grupo de pastores entre los que hay un viejo haciendo gachas en una hoguera, que miran sorprendidos al árbol cercano desde donde un Ángel les anuncia el nacimiento del Mesías.
En lo más alto hay una fortaleza bordeada de un camino por el que descienden hacia Belén los tres Reyes Magos a lomos de soberbios camellos, flanqueados por pajes, a pie o a caballo, que portan los presentes de oro, incienso y mirra.
Respiro tranquila.

jueves, 20 de diciembre de 2007

EL TÓPICO DE TODOS LOS AÑOS


Nos guste o no, creamos en ello o sólo nos parezca una buena razón para tomar más copas de champaña, cava, sidra, etc. que durante el resto del año, inexorablemente llegan la Navidad y el Año Nuevo.
Para algunos es una festividad familiar; para otros, vacaciones en la nieve o en alguna playita caribeña; para bastantes, un quebradero de cabeza pensando en las comidas, los regalos, el presupuesto… Para los menos, la suerte que les sonríe en forma de lotería con premio, y para la mayoría no significan absolutamente nada. Pero sea cual sea el grupo al que pertenezcamos, en nuestra sociedad caemos en el tópico de siempre y nos deseamos cosas buenas que, como tópicos, nos salen de forma mecánica, sin detenernos a pensar en lo que decimos o escribimos en una tarjetita ideada para tal fin.
Yo soy del montón, de las que escriben eso de “…que el nuevo año esté lleno de felicidad, amor y paz”, que es el topicazo por excelencia, pero es lo que hay.
Si hubiera todo el amor que os deseo, también habría paz; y si hubiera más paz y ninguna guerra no existirían los campos de minas asesinas, las tierras desertizadas por desalmados ambiciosos, las epidemias curables, el hambre, la pobreza, las armas… ¿Quién querría fabricar armamento si nadie lo necesitara?
Si la guerra y la ambición no destruyeran los recursos de los pueblos convirtiendo un planeta fértil en una bola envenenada, habría caza y pesca, rebaños y huertos, industria y techo para todos; y cada cual podría cosechar los frutos de su propio esfuerzo. Donde hay trabajo hay comida, prosperidad, progreso, y tiempo y ganas para la cultura, que es un gran paso para conservar la salud mental y de la otra.
Si todos los hombres y mujeres tuvieran lo necesario nadie tendría que emigrar por obligación, y cada uno estaría donde le gustara estar. Y habría sitio para todos en todas las partes y no haría falta desear felicidad, porque lo más probable es que hubiera la suficiente dicha como para derrocharla.
Si hubiera toda la paz que os deseo los dioses dejarían de estar asustados del horror humano y se dedicarían a lo suyo, que es conceder gracias y dones. Ese día cambiaré el texto de la felicitación navideña y os desearé algo más original, pero de momento lamento tener que seguir con el tópico de todos los años:

A QUIENES ENTRÉIS EN ESTE BLOG OS DESEO MUCHA FELICIDAD, MUCHO AMOR Y MUCHA PAZ

sábado, 15 de diciembre de 2007

METÁFORA

Érase una vez que había unas ovejas viviendo en un campo triste y gris, guiadas por un pastor déspota que dictaba a su antojo las normas del rebaño. Como ovejas que eran no se atrevían a discutir las decisiones del pastor, ya que si alguna lo hacía era enviada al matadero sin contemplaciones.
Un día murió el pastor, y el gran rebaño se dividió en varios, unos más grandes y otros más pequeños. Entonces aparecieron muchos pastores para elegir y cada oveja escogió el rebaño que más le gustaba. Todas, más o menos, se convirtieron en el sustento de su conductores, que para eso eran ovejas.
Entre los pastores había una gran rivalidad, porque cuantas más ovejas tenía un rebaño más poderoso era su pastor, y eso le daba derecho a dictar normas para otros rebaños. Como su poder dependía de las ovejas que les siguieran, cada pastor ofrecía ventajas a cual más atractivas, y ninguno perdía oportunidad de poner al descubierto cualquier cosa que restara ovejas a los demás. Así, las ovejas, aún a riesgo de equivocarse en la elección, cambiaban de rebaño según la oferta que les hicieran, y el poder de los pastores pasaba de unos a otros.
Cierto día apareció un pastor que poseía un rebaño procedente de una antigua herencia. No era muy numeroso, pero sus ovejas parecían bien alimentadas y balaban a todas horas, haciéndose notar.
Cada día el pastor las miraba a los ojos, las llamaba a cada una por su nombre y les contaba las ventajas de seguirle a él. Mientras que las ovejas de otros pastores sufrían hambre y sed, él les ofrecía vastas extensiones de hierba verde y arroyos cristalinos; y no las ciénagas malolientes donde bebían las otras. Las ovejas balaban aquellas promesas a los cuatro vientos, y cada vez más miembros de los demás rebaños se unían a ellas con la esperanza de participar en cuanto les habían oído balar.
El pastor, a base de repetirlo una y otra vez, consiguió hacerse con ovejas suficientes y se convirtió en el jefe de todos los rebaños. Desde entonces dejó de mirar a los ojos de las ovejas. Ya eran bastantes y no podía acordarse de los nombres de todas. Lo único que le interesaba era el número de individuos que le seguían, y tenía un sistema para hacer que aumentaran.
Desplegó frente al rebaño un hermoso cartel que representaba verdes prados, árboles que proporcionaban refrescante sombra y limpios manantiales. Las ovejas se paraban delante de aquella imagen hipnotizadas, y cada vez se les unían más. Un día el pastor miró a su alrededor y comprobó que en su rebaño estaban la mayoría de las ovejas.
Se creyó entonces tan poderoso que se confió descuidándolas; y a pesar de que los otros pastores le advertían del enorme riesgo que corría, condujo al rebaño hacia un terreno peligroso. A las ovejas no les gustaba caminar por allí, y muchas se hicieron las remolonas protestando por la decisión del pastor; pero al final acabaron siguiéndole, que para eso eran ovejas.
Cada vez que se desataba una tormenta y el rayo mataba a alguna de ellas, el pastor las tranquilizaba, diciéndoles que lucharía contra el rayo; y cada vez que se encontraban un hoyo en el suelo, él lo tapaba con paja para que las ovejas no lo vieran mientras les mostraba el hermoso cartel. La mayoría de las ovejas siguieron pastando tranquilas, sin preocuparse de que cada vez escaseaba más la hierba a su alrededor, mirando extasiadas el reclamo que tenían ante ellas. Aunque el sol abrasaba sus lomos y el pasto estaba cada vez más inaccesible, a pesar de que cada vez era más difícil encontrar una sombra donde refugiarse, el recuerdo de las ciénagas pantanosas en que bebieron cuando estaban en otros rebaños no les dejaba ver la mentira que tenían ante sí.
Creyendo que era muy fácil manejarlas el pastor empezó a tratar a las ovejas como si fueran estúpidas; incluso ideó una forma divertida de contarlas: En lugar de numerar las cabezas mandaba a sus gañanes que contaran las patas y las dividieran entre cuatro. Por supuesto, siempre le daban el número esperado de ovejas que poseía. Había tantas subyugadas por el hermoso cartel que nunca se preocuparon de oveja más o menos. El pastor decía entonces: “el rebaño va bien”, y todos los gañanes le jaleaban repitiéndolo a coro.
Hasta que un día pasó algo inesperado.
Una mañana al levantarse, encontró que su rebaño estaba muy inquieto. Había un considerable número de ovejas muertas y muchas, más de mil, presentaban graves heridas. El rebaño, asustado, balaba cada vez más fuerte, y él pastor, sin hacer caso de sus gritos, les prometió que lucharía contra el rayo que había hecho aquel destrozo.
Pero el terror se había apoderado de ellas y no hubo manera de que se quedaran absortas delante del hermoso cartel de los verdes prados. Estaba tan salpicado de sangre de las ovejas muertas y heridas que empezó a cundir el pánico. Las huellas de un lobo se veían por todas partes y las ovejas comenzaron a sospechar que aquella carnicería no podía ser obra sólo de un rayo.
El pastor, en un intento desesperado, trató de borrar las huellas de la terrible fiera, pero había conducido al rebaño por un monte escarpado y pedregoso, y la paja con que intentaba ocultar las marcas del lobo resbalaba de las piedras, dejando el rastro del depredador cada vez más al descubierto. El pastor, entre tanto, seguía amenazando a gritos a la tormenta, a pesar de que el rebaño ya no creía que un rayo pudiera haber acabado con tantas ovejas.
Casi todas huyeron despavoridas. Abandonaron al pastor y buscaron a otro, pidiéndole a gritos que las sacara de aquel terreno peligroso. Muchas regresaron a sus antiguos rebaños, con la esperanza de que ya no pastaran entre ciénagas pantanosas. Las ovejas comprendieron que otra vez se habían equivocado eligiendo pastor y consintiendo que les guiara por aquel camino, así que eligieron a un nuevo jefe entre los pastores esperando que les librara del lobo feroz.
El pastor mentiroso vio como su rebaño quedaba diezmado y se quedó sentado en lo alto de una piedra, observando a las ovejas que todavía quedaban allí. Seguían balando confiadas, seguían creyendo en él, así que decidió que no tenía que arrepentirse de lo que había hecho. Reunió a sus desconsolados gañanes y les dijo:
-No os preocupéis. Quemaremos los pastos, talaremos los árboles y envenenaremos las fuentes hasta que las ovejas abandonen a ese pastor. Entonces sólo tendremos que volver a poner delante de ellas el cartel de un prado sin lobos ni tormentas.
Y así lo hicieron, confiados en que sólo se trataba de ovejas a las que les sería fácil engañar.