Es una de la que desconozco el nombre pero que puedo imaginar. Se viste de forma peculiar, con comestibles perecederos, y vive entre envases de líquidos variados: leche, zumos, refrescos...
En efecto. Hay una musa que vive en mi nevera. Se manifiesta iluminando sus dominios y creo que se oscurece cuando no la estás convocando. ¿O quién si no apaga la luz cuando se cierra la puerta?
¿Qué como lo sé? ¡Fácil! ¿Qué puede haber en un frigorífico además de alimentos? Algo tiene que ser lo que nos incita a abrir esa puerta, mirar y volver a cerrarla sin sacar nada de allí. Empecé a sospechar hace tiempo, cuando observé el comportamiento de algunas personas frente a la puerta blanca tras la que, supuestamente, sólo se guardan alimentos.
Había ido con mi familia a casa de unos amigos para ver juntos un partido de fútbol por televisión. Mientras la dueña de la casa y yo preparábamos unos aperitivos en la cocina, llegó uno de sus hijos que después de saludarnos y picotear de todo lo que había por allí, abrió la nevera y se quedó mirando ensimismado. Al principio pensé que las viandas que había sobre la mesa le parecían insuficientes, pero cuando cerró la puerta sin coger nada y volvió a descolocar la bandeja con tostaditas untadas de queso que con tanto mimo habíamos preparado, la curiosidad me indujo a mirar yo también. Abrí la puerta del frigorífico con el pretexto de guardar un paquete de fiambre y eché un vistazo rápido. Había envases transparentes con queso, embutidos variados, zumos, refrescos... ¿Por qué no habría cogido nada? El caso es que el muchacho se encerró en su habitación hasta la hora del partido y al parecer se puso a estudiar.
Me olvidé de esta anécdota hasta que, aprovechando el descanso del partido de fútbol, mi amiga y yo volvimos a la cocina para reponer viandas. Tanto su marido como sus hijos repitieron la operación misteriosa de abrir la puerta de la nevera, mirar dentro y cerrar sin sacar nada.
No tendrán apetito después de lo que ya han comido, pensé; pero me equivocaba. Cuando volvimos a la sala con las bandejas las devoraron como si estuvieran hambrientos.
Cuando acabó el partido volvieron a repetir los movimientos, aunque sobre la mesa quedaban todavía aperitivos y bocados variados, así como bebida suficiente.
Desde entonces he observado muchas veces esa actitud. Cuando mis hijos volvían del colegio lo hacían siempre, y siguen con esa costumbre ahora, cada vez que entran en casa. Mi pareja también lo hace a menudo, y cuando les pregunto si buscan algo siempre me responden lo mismo: "Nada, sólo miro".
No sé que ven, aparte de comida y bebida. Estoy segura de que si un día pongo un despertador en primera fila, delante de los envases, ni se dan cuenta. Miran y se van sin tocar nada, como si alguien les indicara qué deben hacer.
Algo o alguien les inspira desde dentro, y creo que es ella, pero quien quiera que sea a mi no me presta ninguna atención por más que me esfuerce. Ayer, sin ir más lejos, no sabía que preparar para cenar. Tenía muchas alternativas, pero ninguna me resultaba apetecible. Entonces pensé que tal vez la musa podría ayudarme. Abrí la puerta y miré con detenimiento lo que había. Tenía de todo. Fiambre, sobras de comida del día anterior, bolsas de vegetales cortados y lavados, huevos, filetes de carne, pescado, frutas variadas... En fin, como para preparar varios menús. Pero nada. Cerré la nevera de un portazo y acabé por preguntar qué querían cenar. La consecuencia fue que cociné un plato diferente para cada uno.
Creo que me hace el boicot desde que sabe que la he descubierto, así que, para ver si me congracio con ella, le he escrito unos versos y se los he dejado sujetos con un imán con la intención de que se apiade de mi, y la próxima vez que alguien de mi familia abra su puerta les inspire a prepararse un bocadillo y me salve de cocinar.
Si me ayuda le he prometido dejar en sus dominios una botella de buen cava abierta, para que se salgan todas las burbujas y se las tome a mi salud.
A la musa que vive en mi nevera
Hay una musa para los escritores.
Dicen que hay otra, que por la primavera
baja a la tierra, y se mezcla entre las flores
dando la inspiración a los poetas.
Otra para los danzarines, y otra más,
que toca con su mano a los pintores,
inventando el color de sus paletas.
Dicen que hay siete musas principales,
pero debe haber otra, que yo sepa.
No se viste con túnicas hermosas,
ni hay flores que coronen su cabeza;
como mucho, una hoja de lechuga,
fiambre o las sobras de la cena;
pero está ahí cuando la necesitan.
Y si no… ¡Observa!
Los niños, cuando hacen los deberes
se levantan, se acercan a su puerta,
la miran un instante, les inspira…
y siguen tan conformes la tarea.
O en mitad de un partido por la tele.
en el descanso, aunque su equipo pierda,
no sé qué les dirá, pero la musa
(debe ser milagrosa o milagrera),
hace que vuelvan frente al televisor
a esperar la victoria con paciencia.
Y si el partido acaba y han perdido,
la convocan… y se acabó la tregua:
Asaltan sus dominios y se comen
todo lo comestible que se encuentran.
Hoy no sé que ponerles de comida.
Ayer les di pescado con arroz
y huevos en la cena.
Pedirán todo con patatas fritas
y tendré que mondarlas ¡Que pereza!
Vendría bien algo de inspiración,
ya no me quedan de las congeladas
y no querrán comerse las lentejas.
La he buscado y no sé donde se esconde,
por más que la pregunto no contesta
y le he escrito estos versos.
Los pondré con imán sobre su puerta
y volveré a mirar por si aparece
esa musa que vive en mi nevera.
Hay una musa para los escritores.
Dicen que hay otra, que por la primavera
baja a la tierra, y se mezcla entre las flores
dando la inspiración a los poetas.
Otra para los danzarines, y otra más,
que toca con su mano a los pintores,
inventando el color de sus paletas.
Dicen que hay siete musas principales,
pero debe haber otra, que yo sepa.
No se viste con túnicas hermosas,
ni hay flores que coronen su cabeza;
como mucho, una hoja de lechuga,
fiambre o las sobras de la cena;
pero está ahí cuando la necesitan.
Y si no… ¡Observa!
Los niños, cuando hacen los deberes
se levantan, se acercan a su puerta,
la miran un instante, les inspira…
y siguen tan conformes la tarea.
O en mitad de un partido por la tele.
en el descanso, aunque su equipo pierda,
no sé qué les dirá, pero la musa
(debe ser milagrosa o milagrera),
hace que vuelvan frente al televisor
a esperar la victoria con paciencia.
Y si el partido acaba y han perdido,
la convocan… y se acabó la tregua:
Asaltan sus dominios y se comen
todo lo comestible que se encuentran.
Hoy no sé que ponerles de comida.
Ayer les di pescado con arroz
y huevos en la cena.
Pedirán todo con patatas fritas
y tendré que mondarlas ¡Que pereza!
Vendría bien algo de inspiración,
ya no me quedan de las congeladas
y no querrán comerse las lentejas.
La he buscado y no sé donde se esconde,
por más que la pregunto no contesta
y le he escrito estos versos.
Los pondré con imán sobre su puerta
y volveré a mirar por si aparece
esa musa que vive en mi nevera.
1 comentario:
Parece que fuiste a mi casa con tu familia. Anda que no me ha pasado eso a mi.
Blanca G.
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