viernes, 27 de junio de 2008

LA PERRA VIDA (La convivencia)

Ya he aprendido a soportar todas sus manías. No le gustan las costumbres naturales de los guardianes y no me ha quedado más remedio que adoptar las suyas. No puedo esconder el alimento que me sobra y tampoco puedo tragarlo y regurgitarlo en otro lugar que no sea el plato que él me ofrece. Tampoco puedo vaciar mi barriga hasta que salimos al aire libre, y me obliga a hacerlo donde él quiere. Eso puede ser muy molesto cuando me quedo sola en nuestra guarida y él tarda mucho en regresar.
Cuando tiene que recorrer distancias largas me encierra en una jaula y viajamos en coche (ya comprendo su lenguaje y sé que ese es el nombre del extraño cubil que se mueve) Al principio no me gustaba porque mi estómago se movía sin que yo pudiera contenerlo, pero ahora he aprendido a controlarlo y debo reconocer que no está tan mal. Casi siempre vamos a lugares maravillosos donde puedo correr libremente, sin tener que llevar a mi hombre sujeto por el fino cuero porque no se aleja de mí. Entonces salto y galopo, sin perderle de oído o de olfato, y mis músculos lo agradecen. A veces juega un poco conmigo, pero se cansa enseguida y pierde su tiempo sentado o acostado. Es entonces cuando puedo alejarme un poco, aunque siempre estoy alerta por si corre algún peligro. Luego, cuando los dos estamos cansados, regresamos a nuestra guarida y me deja compartir la cama que ocupa frente a un chisme donde se mueven extrañas formas parecidas a él. No son hombres aunque tengan un lenguaje que suena como el suyo. Lo descubrí enseguida por el olor.
De todos los lugares a los que vamos el que más me gusta es uno donde mi hombre se encuentra con otros como él. Los hay machos, hembras y cachorros, todos acompañados de sus guardianes, mis hermanos; y me he dado cuenta de que todos los guardianes no somos iguales. Yo soy más grande que la mayoría de ellos, pero algunos, aunque sean más pequeños, son francamente insoportables.
La primera vez que llegamos a ese lugar, que el hombre llama “parque” todos los guardianes se acercaron para que nos oliéramos, que es nuestra forma de presentación. Una vez que mi hombre me quitó el fino cuero con que va sujeto a mí, todos corrimos y jugamos a perseguirnos hasta que llegó uno cuyo sonido de llamada es “Bruno”.
Observé que algunos guardianes hembra se retiraron del juego y enseguida comprendí por qué. Bruno se abalanzó a olerme con intención de aparearse y le hice la señal de que no estoy dispuesta, pero, sin hacer caso de mis muestras de desagrado, siguió insistiendo e intentando forzarme.
Como nunca me ha pasado algo así, he metido el rabo entre las patas traseras y he intentado huir, cosa bastante difícil en esa posición tan forzada, mientras que Bruno me perseguía; y no sé que hubiera sido de mí si no aparece Lucero.
"Lucero” es el sonido de llamada del guardián más grande que he visto en mi vida, y su hombre es una hembra que se ha acercado a nosotros y ha hablado con mi hombre. Luego me ha acariciado y Lucero y yo hemos podido olernos tranquilos y jugar a perseguirnos hasta que nuestros hombres nos han llamado y cada cual ha vuelto a su guarida.
Cada vez que volvemos al parque busco a Lucero, sobre todo si está Bruno. Todos los guardianes le respetan porque es sabio, y aunque lleva mucho tiempo junto al hombre todavía se mantiene fuerte y ágil.
Me ha enseñado juegos divertidos, como el de cazar a los felinos. Hay muchos en el parque, y en cuanto nos ven emprenden la carrera incitándonos a perseguirlos. Son demasiado veloces y hábiles; trepan por cualquier sitio con sus garras afiladas, y Lucero me ha enseñado que son peligrosos si los atrapas porque te pueden herir en la cabeza, donde no nos podemos lamer y curar. Lo divertido es perseguirlos y no creo que me guste cazarlos porque su olor es desagradable, lo que significa que no me gusta su sabor. Los guardianes sólo cazamos alimento y no me imagino devorando a un felino pestilente.
A veces se unen a nuestro juego otros guardianes y todos los felinos huyen despavoridos y trepan a lo más alto de los árboles. Una hembra más pequeña cuyo sonido de llamada es “Chispa”, la que más tiempo lleva junto al hombre, es la que mejor alborota bajo los árboles cuando todos los felinos están arriba. A mí me gusta su compañía porque es muy sabia y conoce todo sobre los guardianes. Me ha enseñado como hacer una cama en el suelo, escarbando con mis patas delanteras y sacando la tierra con las traseras, hasta conseguir un hoyo donde alojarme. En la hierba se hace diferente, girando sobre mí hasta que la aplasto bajo el cuerpo. También me ha enseñado a reconocer la fuerza de los machos por el olor que dejan en los árboles y esquinas y a saber cuando las hembras estamos dispuestas para aparearnos o preñadas.
Si todo sigue como hasta ahora, ser el guardián del hombre es maravilloso.

jueves, 12 de junio de 2008

LA PERRA VIDA (La duda)

Algo raro pasa porque mi hombre tiene momentos de alegría y tristeza que me desconciertan. Hace cosas inexplicables, como meter sus posesiones en cajas que luego cierra y amontona en la entrada de la guarida. Se ausenta más que de costumbre y sólo regresa para darme el alimento y salir para que pueda vaciar mi barriga. Es cuando más triste le noto. Debe ser porque pasamos poco tiempo juntos, pero mi instinto me dice que su sufrimiento tiene algo que ver conmigo. Me esfuerzo en demostrarle mi cariño con más ahínco que nunca y su tristeza aumenta. Este sentimiento es nuevo y todavía no lo comprendo bien. Habla de mí con el teléfono y luego me mira y me acaricia con pena. También repite constantemente: “Vida, no sé que voy a hacer contigo”.
La guarida está cada vez más vacía. Ahora casi todas las pertenencias de mi hombre están amontonadas en la entrada y me cuesta mucho localizar cada cosa con el olfato. De vez en cuando entran otros hombres y el mío se amarra a mí con el fino cuero y me indica que no debo atacar ni defender. Es difícil, porque los hombres que entran lo recorren todo dejando su olor y no puedo eliminarlo hasta que se hace la oscuridad y mi hombre duerme. En cuanto puedo recorro sigilosa la guarida frotando mi cuerpo por todas partes para eliminar esos rastros indeseables, pero cuando llega la luz, vuelta a empezar. Más hombres extraños y más olores que eliminar.
Hoy, apenas ha llegado la luz, mi hombre está más desconcertante que nunca. Ha metido todas sus posesiones en un coche muy grande que no conozco y a mí me ha encerrado en la jaula. Por más que he aullado para advertirle que el coche que lleva sus cosas se ha alejado de nosotros no me ha hecho caso y se ha perdido. En cuanto salga de aquí tendré que seguir su rastro y encontrarlas.
Hemos llegado a una extraña guarida y me ha sujetado con el fino cuero. Luego ha venido otro hombre al que ha dado el plato del agua y del alimento y “mi” jaula.
¿Pero qué hace? Le ha entregado el fino cuero al hombre extraño. No habla conmigo y sin embargo escucho con claridad sus sentimientos. Está muy triste y me ha abrazado tan fuerte que duele. No, lo que duele no es su abrazo; es esa tristeza que nunca hasta ahora había percibido. Cuando se ha separado de mí le he llamado y he hecho ademán de seguirle pero me ha ordenado callar y me ha obligado a quedarme quieta. He visto sin poder hacer nada por evitarlo como se marchaba y he escuchado como entraba en el coche y se alejaba. Tengo que obedecer y aceptar sus manías, pero esto no tiene explicación y no me gusta nada. No puede apartarse tanto de mí sin correr peligro de perderse, y me temo que lo ha hecho, porque he dejado de oler y escuchar sus sonidos. Esto no me gusta y mi instinto no me engaña cuando me dice que algo no va bien.
El hombre extraño me ha encerrado en una guarida, o más bien una gran jaula, junto a otras donde hay más guardianes. Todos están tristes o furiosos, y emiten llamadas a sus hombres o ladridos amenazantes contra los extraños que se acercan, incluso contra mí. Yo no puedo hacer otra cosa que llamar a mi hombre, pero cada vez que lo hago los demás ahogan mi voz con su alboroto.
Hace demasiado tiempo que mi hombre se ha ido y por más que agudizo mi olfato y mi oído no me llegan señales suyas. Han pasado muchos hombres por mi lado y he tenido que ahuyentarlos con ladridos furiosos, pero está a punto de hacerse la oscuridad y no puedo esperar más. No puedo escapar de esta guarida y me he acurrucado en un rincón sin saber que hacer hasta que el agotamiento me ha vencido. Entonces ha vuelto el Gran Sueño.
He visto la fuerza de los guardianes, su astucia, su decisión y su valor. Aunque estaba en el Gran Sueño he escuchado como se alejaban los hombres extraños y como, uno a uno, los otros guardianes se retiraban a sus cubiles. He distinguido claramente todos los sonidos de la oscuridad.
Al despertar he abierto los ojos sin moverme. No veo bien, pero sé todo lo que pasa alrededor. Tal y como vi en el Gran Sueño la oscuridad es mi aliada.
Mi cuerpo está entumecido y he estirado mis músculos sigilosamente para no alertar a los otros guardianes. Por los hombres extraños no debo preocuparme; ellos no pueden oírme. He inspeccionado la jaula lentamente, empujando con el hocico cada rincón, hasta conocer sus dimensiones. No va a ser fácil salir de aquí; es demasiado pequeña para que coja el impulso suficiente y pueda saltar fuera. Me he izado sobre las patas traseras, he palpado la pared y noto que ya no es lisa y empinada. Se vence con mi peso y tiene hendiduras con aristas afiladas por las que puedo trepar.

miércoles, 4 de junio de 2008

LA PERRA VIDA (El abandono)

Lo he intentado muchas veces y no consigo sujetarme a las aristas. No quiero que los otros guardianes me oigan, pero si no tomo el impulso suficiente nunca conseguiré aferrarme con las uñas. Sólo puedo hacerlo una vez.
Agazapada en el extremo más alejado preparo mi cuerpo. Agudizo mi oído para comprobar que nada ni nadie se percatan, concentro toda mi fuerza en las patas traseras y salto sobre ellas; luego paso toda la energía a las delanteras y vuelvo a saltar. Ahora me impulso otra vez con las traseras, alcanzo la pared de aristas y siento el dolor en las uñas al aferrarse. Ahora no puedo dudar. Un impulso más y…
Estoy fuera de la jaula y escucho a los otros guardianes ladrar nerviosos. Algunos me alientan y otros me amenazan, pero no puedo pararme a escucharlos y me mantengo agachada, sin moverme, sacando la lengua para enfriar mi cuerpo y recuperar el aliento. Los sonidos de la oscuridad han cesado y me llega claro el de los hombres. Hay una luz mortecina que no es suficiente para que vea con claridad lo que hay delante de mí, pero el olor a hierba me ayuda a encontrar refugio en las sombras. Escondida entre los matorrales escucho sus pasos que se acercan, y poco a poco cesan los gritos de los demás guardianes. Necesito jadear para ventilar mi cuerpo pero eso alertaría de mi presencia; las aristas han herido mis patas y no puedo lamerlas para mantenerlas limpias, pero sigo sin moverme, alerta.
Ha desaparecido la luz y los sonidos de la oscuridad me dicen que hay otro obstáculo que salvar. Ya no hay hombres cerca y me arrastro fuera de los matorrales guiada por el olfato para llegar a otra pared. La bordeo buscando su final hasta que acaba y encuentro un punto más fácil de sortear. Huele diferente y está más frío, pero no es tan alto como las paredes de la jaula y sólo con levantarme sobre las patas traseras puedo oler que al otro lado está el camino del coche y sé que mi hombre se ha marchado por allí.
He intentado escalar varias veces y es imposible. Otra vez tendré que tomar impulso antes de que llegue la luz. Sé que voy a alertar a los guardianes y estos a los hombres, pero tengo que saltar antes de que la oscuridad desaparezca por completo. Me alejo con cuidado, sin hacer ningún ruido, lo suficiente para no fallar y corro, salto con todas mis fuerzas y noto como las aristas cortan mi piel, pero no siento el dolor.
Ahora no puedo pararme a lamer las heridas y corro, corro tan veloz como puedo por el camino duro del otro lado, mientras detrás de mí se aleja el sonido de los guardianes que alborotan en sus jaulas y alertan a los hombres, hasta que me falta el aliento y busco la tierra que lo bordea para acostarme y descansar, pero tengo cortes en las patas y no puedo escarbar y hacer una cama. Con las fuerzas que me quedan me arrastro hasta encontrar la hierba y ahí si que puedo quedarme y hacer una cama girando sobre mi cuerpo, como me enseñó Chispa; puedo lamerme las heridas y limpiarlas para que no me debiliten y puedo descansar. Necesito toda la energía para encontrar a mi hombre.
Está a punto de llegar la luz y he tenido que volver sobre mis pasos, hasta la entrada de la guarida de las jaulas, para encontrar un rastro que me oriente. El olor de mi hombre sigue allí, y se pierde en el rastro del coche. Es difícil de seguir porque hay muchos parecidos en el camino y casi tengo que lamer el suelo para encontrar indicios de la dirección que ha tomado. A veces se pierde entre los demás rastros, sobre todo cuando escucho el ruido lejano de un coche que se acerca y me quedo parada por si fuera él. He tenido que apartarme deprisa varias veces para que no me arrollen en su carrera y, una vez que pasan, vuelvo al camino y husmeo el olor que han dejado, pero ninguno es el de mi hombre. Cuando encuentro el rastro galopo un buen trecho y vuelvo a acercar mi nariz al camino, hasta que encuentro otra señal. Cada vez me alejo más y ahora no reconozco los sonidos ni los olores del lugar en que estoy, pero sé que mi hombre, o al menos su coche, han pasado por aquí. En los bordes del camino hay un parque oscuro y amenazante, pero no tengo miedo y me adentro por los matorrales.
Es un nuevo camino, empinado y lleno de ramas que se clavan en mi piel arrancándome el pelo, y está plagado de olores desconocidos, pero algo me empuja a ascender cada vez más, sorteando los árboles caídos y saltando entre las piedras, cada vez más grandes y puntiagudas, hasta que los matorrales y los árboles quedan atrás y mis patas, ya heridas, se esfuerzan para no resbalar por la pendiente.
Llevada por un impulso desconocido he llegado al final. Ya no hay más camino y bajo mis patas están, lejanos, el inmenso parque y el camino de los coches. Hay una oscuridad diferente, donde las sombras se definen, y enderezo mis orejas y escucho. Los sonidos llegan tan precisos que puedo saber de donde sale cada uno de ellos y el viento me trae olores que creo reconocer. Levanto mi nariz para captarlos mejor y la veo. Es la luz fría del Gran Sueño.
Mi cuello se arquea hasta que la cabeza me roza el lomo y de lo más profundo de mi garganta sale la llamada de los guardianes. Ahora sé que el Gran Sueño me guía y espero hasta escuchar la respuesta que necesito. Está lejos, muy lejos, pero el viento es mi aliado y me trae las voces de Tosca, de Lucero, de Bruno, de Chispa y de muchos de los guardianes del parque, que van pasando a través de todos los hermanos que hay entre ellos y yo, marcándome la distancia, chocando con los árboles y los matorrales hasta indicarme donde me encuentro y cual es el camino a seguir.

domingo, 1 de junio de 2008

LA PERRA VIDA (La fidelidad)

Hace un rato que ha vuelto la luz y estoy de nuevo en el camino de los coches que ahora está muy transitado, lo que me obliga a apartarme del rastro constantemente. No me ha costado trabajo llegar gracias a mi propio olor, que se ha quedado impregnado en los matorrales y las piedras cuando ascendía para encontrar la luz fría. El camino se ha ido empinando hasta ser más alto que el profundo parque y ahora la luz empieza a dar calor. Después de cada galopada necesito adentrarme entre los matorrales para refrescar mi cuerpo y mi lengua cada vez está más seca. Tengo mucha sed, pero el rastro del coche es ahora mas claro y eso me anima a continuar la búsqueda. No comprendo por qué se ha alejado tanto de nuestra guarida ni por qué me ha dejado con los hombres extraños. Sólo sé que tengo que encontrarle.

El rastro del coche sigue fuera del camino duro y se adentra en el parque profundo donde su olor es cada vez más persistente, y me guía por una pendiente donde mis patas resbalan en la tierra que se hunde a mi paso. Estoy cerca, le siento, huelo su miedo como si estuviera en peligro y he ladrado llamándole, pero no hay respuesta. El gran parque es muy espeso y sigue siendo una pendiente resbaladiza por la que tengo que descender sin oportunidades de detenerme a oler o escuchar algo que me lleve hasta mi hombre.

Sé que cada vez estoy más cerca y aunque mis patas están heridas y me duelen de tanto saltar entre las piedras no puedo abandonarle ahora. Cada vez estoy más segura de que corre peligro y mi instinto se agudiza por momentos. El antiguo sueño está en mi cabeza y me guía. El dolor y la sed son cada vez mayores, pero cierro los ojos y veo a mis hermanos guardando al hombre y a sus posesiones. Los veo junto a él escalando montañas y deslizándose por profundas pendientes para rastrear las piezas.

He descubierto su rastro y corro campo a través sorteando piedras y ramas hasta encontrar el coche al fondo de la pendiente. Todo está hecho pedazos, él duerme y no responde a mis gemidos. He entrado como he podido sorteando los cristales rotos y ya estoy a su lado, lamiéndole la cara ensangrentada por la herida que tiene en la cabeza, entre los ojos y el escaso pelo. También tiene una pata rota. Está amarrado y no es precisamente con un fino cuero, porque he tenido que emplearme a fondo para romperlo con mis dientes, pero he conseguido que despierte y abra los ojos, aunque sólo me mira, sin emitir mi sonido de llamada. Está feliz de verme a su lado pero tiene mucho dolor y mucho miedo; tanto que si no fuera por mi condición de guardián me habría contagiado.

Gime cuando intento moverle golpeándole con el hocico y a pesar de la situación todo su esfuerzo lo dedica a intentar coger el teléfono que hay bajo sus patas. Está agotado y herido; y comprendo que nunca llegará a alcanzarlo sin mi ayuda. He mordido el dichoso trasto y lo he dejado sobre él, que se lo acerca a la oreja con la pata que puede mover y habla, y grita… pero del teléfono no sale ningún sonido y ha vuelto a caer bajo sus pies. Cuando se ha dormido otra vez, me he quedado a su lado hecha un ovillo entre los restos de su sangre y los cristales rotos.

Ha pasado un buen rato sin que se mueva y el dolor, la sed y el cansancio se están apoderando de mí. La última vez que se despertó tuve que hacer un gran esfuerzo para incorporarme y lamer el agua salada que salía de sus ojos. Me miró agradecido y antes de volver a cerrarlos dijo: ¡Perra Vida! …