Cuando tiene que recorrer distancias largas me encierra en una jaula y viajamos en coche (ya comprendo su lenguaje y sé que ese es el nombre del extraño cubil que se mueve) Al principio no me gustaba porque mi estómago se movía sin que yo pudiera contenerlo, pero ahora he aprendido a controlarlo y debo reconocer que no está tan mal. Casi siempre vamos a lugares maravillosos donde puedo correr libremente, sin tener que llevar a mi hombre sujeto por el fino cuero porque no se aleja de mí. Entonces salto y galopo, sin perderle de oído o de olfato, y mis músculos lo agradecen. A veces juega un poco conmigo, pero se cansa enseguida y pierde su tiempo sentado o acostado. Es entonces cuando puedo alejarme un poco, aunque siempre estoy alerta por si corre algún peligro. Luego, cuando los dos estamos cansados, regresamos a nuestra guarida y me deja compartir la cama que ocupa frente a un chisme donde se mueven extrañas formas parecidas a él. No son hombres aunque tengan un lenguaje que suena como el suyo. Lo descubrí enseguida por el olor.
De todos los lugares a los que vamos el que más me gusta es uno donde mi hombre se encuentra con otros como él. Los hay machos, hembras y cachorros, todos acompañados de sus guardianes, mis hermanos; y me he dado cuenta de que todos los guardianes no somos iguales. Yo soy más grande que la mayoría de ellos, pero algunos, aunque sean más pequeños, son francamente insoportables.
La primera vez que llegamos a ese lugar, que el hombre llama “parque” todos los guardianes se acercaron para que nos oliéramos, que es nuestra forma de presentación. Una vez que mi hombre me quitó el fino cuero con que va sujeto a mí, todos corrimos y jugamos a perseguirnos hasta que llegó uno cuyo sonido de llamada es “Bruno”.
Observé que algunos guardianes hembra se retiraron del juego y enseguida comprendí por qué. Bruno se abalanzó a olerme con intención de aparearse y le hice la señal de que no estoy dispuesta, pero, sin hacer caso de mis muestras de desagrado, siguió insistiendo e intentando forzarme.
Como nunca me ha pasado algo así, he metido el rabo entre las patas traseras y he intentado huir, cosa bastante difícil en esa posición tan forzada, mientras que Bruno me perseguía; y no sé que hubiera sido de mí si no aparece Lucero.
"Lucero” es el sonido de llamada del guardián más grande que he visto en mi vida, y su hombre es una hembra que se ha acercado a nosotros y ha hablado con mi hombre. Luego me ha acariciado y Lucero y yo hemos podido olernos tranquilos y jugar a perseguirnos hasta que nuestros hombres nos han llamado y cada cual ha vuelto a su guarida.
Cada vez que volvemos al parque busco a Lucero, sobre todo si está Bruno. Todos los guardianes le respetan porque es sabio, y aunque lleva mucho tiempo junto al hombre todavía se mantiene fuerte y ágil.
Me ha enseñado juegos divertidos, como el de cazar a los felinos. Hay muchos en el parque, y en cuanto nos ven emprenden la carrera incitándonos a perseguirlos. Son demasiado veloces y hábiles; trepan por cualquier sitio con sus garras afiladas, y Lucero me ha enseñado que son peligrosos si los atrapas porque te pueden herir en la cabeza, donde no nos podemos lamer y curar. Lo divertido es perseguirlos y no creo que me guste cazarlos porque su olor es desagradable, lo que significa que no me gusta su sabor. Los guardianes sólo cazamos alimento y no me imagino devorando a un felino pestilente.
A veces se unen a nuestro juego otros guardianes y todos los felinos huyen despavoridos y trepan a lo más alto de los árboles. Una hembra más pequeña cuyo sonido de llamada es “Chispa”, la que más tiempo lleva junto al hombre, es la que mejor alborota bajo los árboles cuando todos los felinos están arriba. A mí me gusta su compañía porque es muy sabia y conoce todo sobre los guardianes. Me ha enseñado como hacer una cama en el suelo, escarbando con mis patas delanteras y sacando la tierra con las traseras, hasta conseguir un hoyo donde alojarme. En la hierba se hace diferente, girando sobre mí hasta que la aplasto bajo el cuerpo. También me ha enseñado a reconocer la fuerza de los machos por el olor que dejan en los árboles y esquinas y a saber cuando las hembras estamos dispuestas para aparearnos o preñadas.
Si todo sigue como hasta ahora, ser el guardián del hombre es maravilloso.