jueves, 12 de junio de 2008

LA PERRA VIDA (La duda)

Algo raro pasa porque mi hombre tiene momentos de alegría y tristeza que me desconciertan. Hace cosas inexplicables, como meter sus posesiones en cajas que luego cierra y amontona en la entrada de la guarida. Se ausenta más que de costumbre y sólo regresa para darme el alimento y salir para que pueda vaciar mi barriga. Es cuando más triste le noto. Debe ser porque pasamos poco tiempo juntos, pero mi instinto me dice que su sufrimiento tiene algo que ver conmigo. Me esfuerzo en demostrarle mi cariño con más ahínco que nunca y su tristeza aumenta. Este sentimiento es nuevo y todavía no lo comprendo bien. Habla de mí con el teléfono y luego me mira y me acaricia con pena. También repite constantemente: “Vida, no sé que voy a hacer contigo”.
La guarida está cada vez más vacía. Ahora casi todas las pertenencias de mi hombre están amontonadas en la entrada y me cuesta mucho localizar cada cosa con el olfato. De vez en cuando entran otros hombres y el mío se amarra a mí con el fino cuero y me indica que no debo atacar ni defender. Es difícil, porque los hombres que entran lo recorren todo dejando su olor y no puedo eliminarlo hasta que se hace la oscuridad y mi hombre duerme. En cuanto puedo recorro sigilosa la guarida frotando mi cuerpo por todas partes para eliminar esos rastros indeseables, pero cuando llega la luz, vuelta a empezar. Más hombres extraños y más olores que eliminar.
Hoy, apenas ha llegado la luz, mi hombre está más desconcertante que nunca. Ha metido todas sus posesiones en un coche muy grande que no conozco y a mí me ha encerrado en la jaula. Por más que he aullado para advertirle que el coche que lleva sus cosas se ha alejado de nosotros no me ha hecho caso y se ha perdido. En cuanto salga de aquí tendré que seguir su rastro y encontrarlas.
Hemos llegado a una extraña guarida y me ha sujetado con el fino cuero. Luego ha venido otro hombre al que ha dado el plato del agua y del alimento y “mi” jaula.
¿Pero qué hace? Le ha entregado el fino cuero al hombre extraño. No habla conmigo y sin embargo escucho con claridad sus sentimientos. Está muy triste y me ha abrazado tan fuerte que duele. No, lo que duele no es su abrazo; es esa tristeza que nunca hasta ahora había percibido. Cuando se ha separado de mí le he llamado y he hecho ademán de seguirle pero me ha ordenado callar y me ha obligado a quedarme quieta. He visto sin poder hacer nada por evitarlo como se marchaba y he escuchado como entraba en el coche y se alejaba. Tengo que obedecer y aceptar sus manías, pero esto no tiene explicación y no me gusta nada. No puede apartarse tanto de mí sin correr peligro de perderse, y me temo que lo ha hecho, porque he dejado de oler y escuchar sus sonidos. Esto no me gusta y mi instinto no me engaña cuando me dice que algo no va bien.
El hombre extraño me ha encerrado en una guarida, o más bien una gran jaula, junto a otras donde hay más guardianes. Todos están tristes o furiosos, y emiten llamadas a sus hombres o ladridos amenazantes contra los extraños que se acercan, incluso contra mí. Yo no puedo hacer otra cosa que llamar a mi hombre, pero cada vez que lo hago los demás ahogan mi voz con su alboroto.
Hace demasiado tiempo que mi hombre se ha ido y por más que agudizo mi olfato y mi oído no me llegan señales suyas. Han pasado muchos hombres por mi lado y he tenido que ahuyentarlos con ladridos furiosos, pero está a punto de hacerse la oscuridad y no puedo esperar más. No puedo escapar de esta guarida y me he acurrucado en un rincón sin saber que hacer hasta que el agotamiento me ha vencido. Entonces ha vuelto el Gran Sueño.
He visto la fuerza de los guardianes, su astucia, su decisión y su valor. Aunque estaba en el Gran Sueño he escuchado como se alejaban los hombres extraños y como, uno a uno, los otros guardianes se retiraban a sus cubiles. He distinguido claramente todos los sonidos de la oscuridad.
Al despertar he abierto los ojos sin moverme. No veo bien, pero sé todo lo que pasa alrededor. Tal y como vi en el Gran Sueño la oscuridad es mi aliada.
Mi cuerpo está entumecido y he estirado mis músculos sigilosamente para no alertar a los otros guardianes. Por los hombres extraños no debo preocuparme; ellos no pueden oírme. He inspeccionado la jaula lentamente, empujando con el hocico cada rincón, hasta conocer sus dimensiones. No va a ser fácil salir de aquí; es demasiado pequeña para que coja el impulso suficiente y pueda saltar fuera. Me he izado sobre las patas traseras, he palpado la pared y noto que ya no es lisa y empinada. Se vence con mi peso y tiene hendiduras con aristas afiladas por las que puedo trepar.

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