miércoles, 4 de junio de 2008

LA PERRA VIDA (El abandono)

Lo he intentado muchas veces y no consigo sujetarme a las aristas. No quiero que los otros guardianes me oigan, pero si no tomo el impulso suficiente nunca conseguiré aferrarme con las uñas. Sólo puedo hacerlo una vez.
Agazapada en el extremo más alejado preparo mi cuerpo. Agudizo mi oído para comprobar que nada ni nadie se percatan, concentro toda mi fuerza en las patas traseras y salto sobre ellas; luego paso toda la energía a las delanteras y vuelvo a saltar. Ahora me impulso otra vez con las traseras, alcanzo la pared de aristas y siento el dolor en las uñas al aferrarse. Ahora no puedo dudar. Un impulso más y…
Estoy fuera de la jaula y escucho a los otros guardianes ladrar nerviosos. Algunos me alientan y otros me amenazan, pero no puedo pararme a escucharlos y me mantengo agachada, sin moverme, sacando la lengua para enfriar mi cuerpo y recuperar el aliento. Los sonidos de la oscuridad han cesado y me llega claro el de los hombres. Hay una luz mortecina que no es suficiente para que vea con claridad lo que hay delante de mí, pero el olor a hierba me ayuda a encontrar refugio en las sombras. Escondida entre los matorrales escucho sus pasos que se acercan, y poco a poco cesan los gritos de los demás guardianes. Necesito jadear para ventilar mi cuerpo pero eso alertaría de mi presencia; las aristas han herido mis patas y no puedo lamerlas para mantenerlas limpias, pero sigo sin moverme, alerta.
Ha desaparecido la luz y los sonidos de la oscuridad me dicen que hay otro obstáculo que salvar. Ya no hay hombres cerca y me arrastro fuera de los matorrales guiada por el olfato para llegar a otra pared. La bordeo buscando su final hasta que acaba y encuentro un punto más fácil de sortear. Huele diferente y está más frío, pero no es tan alto como las paredes de la jaula y sólo con levantarme sobre las patas traseras puedo oler que al otro lado está el camino del coche y sé que mi hombre se ha marchado por allí.
He intentado escalar varias veces y es imposible. Otra vez tendré que tomar impulso antes de que llegue la luz. Sé que voy a alertar a los guardianes y estos a los hombres, pero tengo que saltar antes de que la oscuridad desaparezca por completo. Me alejo con cuidado, sin hacer ningún ruido, lo suficiente para no fallar y corro, salto con todas mis fuerzas y noto como las aristas cortan mi piel, pero no siento el dolor.
Ahora no puedo pararme a lamer las heridas y corro, corro tan veloz como puedo por el camino duro del otro lado, mientras detrás de mí se aleja el sonido de los guardianes que alborotan en sus jaulas y alertan a los hombres, hasta que me falta el aliento y busco la tierra que lo bordea para acostarme y descansar, pero tengo cortes en las patas y no puedo escarbar y hacer una cama. Con las fuerzas que me quedan me arrastro hasta encontrar la hierba y ahí si que puedo quedarme y hacer una cama girando sobre mi cuerpo, como me enseñó Chispa; puedo lamerme las heridas y limpiarlas para que no me debiliten y puedo descansar. Necesito toda la energía para encontrar a mi hombre.
Está a punto de llegar la luz y he tenido que volver sobre mis pasos, hasta la entrada de la guarida de las jaulas, para encontrar un rastro que me oriente. El olor de mi hombre sigue allí, y se pierde en el rastro del coche. Es difícil de seguir porque hay muchos parecidos en el camino y casi tengo que lamer el suelo para encontrar indicios de la dirección que ha tomado. A veces se pierde entre los demás rastros, sobre todo cuando escucho el ruido lejano de un coche que se acerca y me quedo parada por si fuera él. He tenido que apartarme deprisa varias veces para que no me arrollen en su carrera y, una vez que pasan, vuelvo al camino y husmeo el olor que han dejado, pero ninguno es el de mi hombre. Cuando encuentro el rastro galopo un buen trecho y vuelvo a acercar mi nariz al camino, hasta que encuentro otra señal. Cada vez me alejo más y ahora no reconozco los sonidos ni los olores del lugar en que estoy, pero sé que mi hombre, o al menos su coche, han pasado por aquí. En los bordes del camino hay un parque oscuro y amenazante, pero no tengo miedo y me adentro por los matorrales.
Es un nuevo camino, empinado y lleno de ramas que se clavan en mi piel arrancándome el pelo, y está plagado de olores desconocidos, pero algo me empuja a ascender cada vez más, sorteando los árboles caídos y saltando entre las piedras, cada vez más grandes y puntiagudas, hasta que los matorrales y los árboles quedan atrás y mis patas, ya heridas, se esfuerzan para no resbalar por la pendiente.
Llevada por un impulso desconocido he llegado al final. Ya no hay más camino y bajo mis patas están, lejanos, el inmenso parque y el camino de los coches. Hay una oscuridad diferente, donde las sombras se definen, y enderezo mis orejas y escucho. Los sonidos llegan tan precisos que puedo saber de donde sale cada uno de ellos y el viento me trae olores que creo reconocer. Levanto mi nariz para captarlos mejor y la veo. Es la luz fría del Gran Sueño.
Mi cuello se arquea hasta que la cabeza me roza el lomo y de lo más profundo de mi garganta sale la llamada de los guardianes. Ahora sé que el Gran Sueño me guía y espero hasta escuchar la respuesta que necesito. Está lejos, muy lejos, pero el viento es mi aliado y me trae las voces de Tosca, de Lucero, de Bruno, de Chispa y de muchos de los guardianes del parque, que van pasando a través de todos los hermanos que hay entre ellos y yo, marcándome la distancia, chocando con los árboles y los matorrales hasta indicarme donde me encuentro y cual es el camino a seguir.

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