Esto no está nada mal. Después del mal rato de salir por ese agujero estrecho ahora me encuentro a gusto aquí, calentita, acurrucada, junto a su barriga. Casi nunca me deja sola, pero si se va me da miedo. La oigo a duras penas, pero sé que está cerca porque puedo olerla. Eso sí que se me da bien. Aunque se aleje un poco sé donde está por su olor. Luego, cuando vuelve, me acaricia con su boca y, aunque bajito, escucho ese susurro que me tranquiliza, y siento el calor de su cuerpo que se acuesta a mi lado y me acerca a un botón. Yo lo meto dentro de mi boquita y chupo, y trago. Está caliente como ella. Tengo sueño.
Ya no me acuerdo de cuantas veces he chupado y tragado, pero deben ser muchas porque ahora tengo más fuerza y cada vez oigo mejor. Me está pasando algo en la cara y ella no hace más que lamerme y acariciarme. ¡Ah! Y he descubierto otra cosa. No estamos solas; hay más como yo.
Ahora sé lo que me pasaba en la cara. Al principio me he asustado mucho y no he querido asomar la cabeza, pero ella me ha tranquilizado con sus caricias y poco a poco me he acostumbrado a la luz. ¡Tengo dos agujeros que me han salido entre la nariz y las orejas! Por ellos entra claridad y veo sombras que se mueven. No estoy segura de qué se trata, pero hay tres pequeñas y una grande. Como todos olemos igual supongo que la grande es ella y las otras son mis hermanos que, por cierto, son bastante brutos. Con todos los botones que hay y ellos siempre quieren el mío. Algunas veces no me dejan chupar y tengo que esperar a que se harten para hacerlo, así que cuando llego al alimento estoy tan cansada que apenas doy unos tragos y me duermo.
Ahora lo puedo ver todo, y oigo cualquier sonido aunque sea lejano. Ella es maravillosa, grande y esbelta, con una cara tan dulce como sus caricias. Mis hermanos son igual que yo aunque algo más fuertes. Debe ser porque chupan más, pero a mi no me importa ser tan poca cosa. Ella me acaricia más que a los otros.
También sé donde vivimos. Desde nuestra guarida no puedo ver nada pero lo oigo todo. Hay un sonido que escucho con frecuencia. Empieza con unos golpes en el suelo y luego se para en la entrada que nunca encuentro. Cuando aparece oigo una voz que no conozco ni entiendo, que suena “Tosca”, y veo dos cosas largas que me asustan porque ella se va y nos deja solos. Luego, cuando vuelve, está contenta.
Cuando se va la luz y sólo podemos olernos me acurruca junto a sí y me cuenta cosas. Por eso sé que lo que me asusta son las patas del hombre que cuidamos, que “Tosca” es la llamada que él hace para que ella acuda, y que “cuidar” es lo que nosotros hacemos con el hombre y él, a cambio, nos proporciona el alimento; algo que ella devora pero que mis hermanos y yo no podemos comer porque no tenemos dientes. Hoy me ha dicho que cuando vuelva la luz me encontraré con una sorpresa. Casi no he podido dormir pensando en qué será “una sorpresa”, pero viniendo de ella seguro que es algo bueno.
Seguiré contándolo otro día
Ya no me acuerdo de cuantas veces he chupado y tragado, pero deben ser muchas porque ahora tengo más fuerza y cada vez oigo mejor. Me está pasando algo en la cara y ella no hace más que lamerme y acariciarme. ¡Ah! Y he descubierto otra cosa. No estamos solas; hay más como yo.
Ahora sé lo que me pasaba en la cara. Al principio me he asustado mucho y no he querido asomar la cabeza, pero ella me ha tranquilizado con sus caricias y poco a poco me he acostumbrado a la luz. ¡Tengo dos agujeros que me han salido entre la nariz y las orejas! Por ellos entra claridad y veo sombras que se mueven. No estoy segura de qué se trata, pero hay tres pequeñas y una grande. Como todos olemos igual supongo que la grande es ella y las otras son mis hermanos que, por cierto, son bastante brutos. Con todos los botones que hay y ellos siempre quieren el mío. Algunas veces no me dejan chupar y tengo que esperar a que se harten para hacerlo, así que cuando llego al alimento estoy tan cansada que apenas doy unos tragos y me duermo.
Ahora lo puedo ver todo, y oigo cualquier sonido aunque sea lejano. Ella es maravillosa, grande y esbelta, con una cara tan dulce como sus caricias. Mis hermanos son igual que yo aunque algo más fuertes. Debe ser porque chupan más, pero a mi no me importa ser tan poca cosa. Ella me acaricia más que a los otros.
También sé donde vivimos. Desde nuestra guarida no puedo ver nada pero lo oigo todo. Hay un sonido que escucho con frecuencia. Empieza con unos golpes en el suelo y luego se para en la entrada que nunca encuentro. Cuando aparece oigo una voz que no conozco ni entiendo, que suena “Tosca”, y veo dos cosas largas que me asustan porque ella se va y nos deja solos. Luego, cuando vuelve, está contenta.
Cuando se va la luz y sólo podemos olernos me acurruca junto a sí y me cuenta cosas. Por eso sé que lo que me asusta son las patas del hombre que cuidamos, que “Tosca” es la llamada que él hace para que ella acuda, y que “cuidar” es lo que nosotros hacemos con el hombre y él, a cambio, nos proporciona el alimento; algo que ella devora pero que mis hermanos y yo no podemos comer porque no tenemos dientes. Hoy me ha dicho que cuando vuelva la luz me encontraré con una sorpresa. Casi no he podido dormir pensando en qué será “una sorpresa”, pero viniendo de ella seguro que es algo bueno.
Seguiré contándolo otro día